sábado, 19 de abril de 2014

Sábado Santo

“¿Respetarás la dignidad de todo ser humano?”
—El Libro de Oración Común, página 225

¿Cada ser humano? Ciertamente hago el esfuerzo para
respetar la dignidad de cada persona que veo en la iglesia, y en las
personas que me encuentro día a día. Pero ¿cada ser humano? ¿Todos
los siete billones? ¿Puedo orar por ellos? ¿Qué más puedo hacer?
Aunque hay billones de personas que nunca veremos, nuestras
acciones tienen consecuencias que llegan mucho más allá de lo que
nos imaginamos.
Cada dólar que gastamos tiene un potencial ético. Se puede hacer el
bien cuando lo gastamos de una manera. O podemos apoyar empresas
que hacen un gran mal al gastarlo de diferente manera.
No creo que nos gustaría comprar los zapatos de un vecino que sabemos
que forzó a sus hijos a que los hicieran, sin embargo sin tratar de saber
algo de lo que compramos, hacemos compras semejantes cada día.
¿Apoyamos a campesinos que pagan a sus trabajadores un salario
justo, o buscamos los alimentos más baratos sin importar cómo se
trata a las personas que lo han cosechado? Casi cada teléfono celular
tiene trabajo de esclavos dentro de él. ¿Qué siente nuestro espíritu
cuando sabemos que nuestra acción de comprar un teléfono ha
mantenido a un niño en la esclavitud? ¿Cómo podría cambiar nuestra
relación con lo que compramos el saber que alguien ha sido abusado al
hacer los productos que gozamos? ¿Cómo podría eso cambiarnos?
Sí, estas son preguntas complicadas. Y sí, a eso nos comprometemos
en el bautismo. “¿Tratarás de trabajar por la justicia y la paz entre todas
las personas, y respetar la dignidad de cada ser humano?”
¿Cómo nos atrevemos a contestar: ‘Sí, lo haré’?
Sólo ‘Con la ayuda de Dios’.
—Rosa Lee Harden

viernes, 18 de abril de 2014

Viernes Santo

Dios de poder inmutable y luz eterna: Mira con favor 
a toda tu Iglesia, ese maravilloso y sagrado misterio; 
por la operación eficaz de tu providencia lleva a cabo en 
tranquilidad el plan de salvación; haz que todo el mundo vea 
y sepa que las cosas que han sido derribadas son levantadas, las cosas 
que han envejecido son renovadas, y que todas las cosas están siendo 
llevadas a su perfección, mediante aquél por quien fueron hechas, tu Hijo 
Jesucristo nuestro Señor; que vive y reina contigo, en la unidad del Espíritu 
Santo, un solo Dios, por los siglos de los siglos. Amén. 
—El Libro de Oración Común, pag.  200 


Pregúntale a cualquier persona episcopal cuál es la oración favorita
en El Libro de Oración Común, y muchos de nosotros mencionaremos
ésta. Aparece varias veces: el Viernes Santo, durante la Gran Vigilia
de Pascua, inmediatamente antes de la renovación de los votos
bautismales, y durante las ordenaciones. Su poesía—y su visión—son
cautivadoras—y sin duda, son también peligrosas.
O Dios, favor de cuidar de tu iglesia—no nuestra iglesia, sino tuya.
Que todo el mundo vea y sepa; en otras palabras, la vida de la iglesia
es una vida pública, dedicada a llegar a ser un testimonio de la
actividad y propósito del Dios vivo. Y ¿qué está haciendo Dios? ¿Cuál
es este plan de salvación? Dios eleva las cosas que se han caído. Dios
está renovando todo lo que se ha hecho viejo e incrustado. Dios
está abrazando con amor toda a creación, por medio del Encarnado,
Jesucristo, y por medio de su cuerpo, la iglesia.
Me gusta que rezamos esta oración con frecuencia. En la desolación
del Viernes Santo, me da esperanza. En la oscuridad de la Vigilia
Pascual, puedo ver la luz en el horizonte. Cada vez que decimos “Así,
lo haré” en el bautismo u ordenación, recordamos ese gran pacto.
Vemos a Cristo, con los brazos bien extendidos para abrazar y renovar
al mundo. Vemos nuestros brazos, extensiones de los suyos, elevando y
renovando. Es peligroso pero vale la pena.
—Stephanie Spellers

jueves, 17 de abril de 2014

Jueves santo 17 de abril

Les he puesto el ejemplo, para que hagan lo mismo que yo 
he hecho con ustedes.
—Juan 13:15

En la tarde del Jueves Santo, la iglesia celebra una de las liturgias más
hermosas y complejas del año. En la mayoría de las congregaciones,
la gente se reúne para recordar tanto el lavatorio de los pies como la
institución de la primera Eucaristía—dos actos centrales de la última
cena de Jesús con sus amigos. Aun en medio de la Semana Santa, la
Eucaristía se celebra con alegría. Con frecuencia, el altar se despoja
completamente en preparación para el Viernes Santo. Pero también se
tiene el lavatorio de los pies.
Muchas congregaciones omiten esta práctica, algunas veces la suavizan
cuando se cambia a lavar las manos. En verdad, en nuestra cultura,
el tocar los pies unos de otros parece romper un tabú. Es por eso que
es tan importante, me parece, el hacer lo que Jesús mandó—practicar
este signo de vulnerabilidad y amor cuando lavamos los pies de otros
y nos dejamos lavar los pies. Todo orgullo desaparece en este rito, y
nuestra caridad Cristiana es evidente.
En este acto tierno, vemos que en Jesús las distinciones entre los
poderosos y los impotentes se borran. ¿Qué tan diferente sería nuestra
cultura si encontráramos maneras de ser sirvientes y de servir en la
vida diaria?
—Scott Gunn

miércoles, 16 de abril de 2014

Miércoles Santo 16 de abril

Se levanta de madrugada, da de comer a su familia y 
asigna tareas a sus criadas. Calcula el valor de un campo y 
lo compra; con sus ganancias planta un viñedo. 
Decidida se ciñe la cintura y se apresta para el trabajo.
—Proverbios 31:15-17

A través de mis visitas a programas en el año pasado, he encontrado a
un sin número de mujeres que me sorprendieron, me desafiaron y me
inspiraron por su fuerza y generosidad.
Como lo demuestra la esposa capaz descrita en este proverbio, el
trabajo de las mujeres, nuestras socias, realmente nos sobrepasa a
todas. Se levantan temprano, trabajan todo el día para proveer agua,
comida caliente, y salud y bondad a sus esposos, a sus hijos, y a
muchos otros. Y lo hacen muy frecuentemente con muy pocos recursos
y a pesar de muchos desafíos.
Puedo pensar en particular en una mujer que conocí en Nicaragua el
año pasado. Fue seleccionada por su comunidad para ser promotora
de la agricultura. Esto significa que no sólo asiste a sesiones para
aprender nuevas técnicas para diversificar lo que cultiva y vende y para
conservar su tierra sino también que se compromete a compartir todo
lo que aprende con otras cinco vecinas.
Esta mujer lo hace con mucho entusiasmo, dedicando innumerables
horas para ayudar a mujeres y hombres a que obtengan nuevos
conocimientos y habilidades.
Durante este tiempo de Cuaresma, demos gracias por las
oportunidades que cada uno de nosotros tiene y reflexionemos sobre
las maneas como mujeres en todo el mundo aceptan y comparten
incansablemente nuevas oportunidades.
—Sara Delaney52
20

martes, 15 de abril de 2014

Martes 15 de abril

Abandonen toda amargura, ira y enojo, gritos y calumnias, 
y toda forma de malicia. Más bien, sean bondadosos y 
compasivos unos con otros, y perdónense mutuamente, 
así como Dios los perdonó a ustedes en Cristo.
—Efesios 4:31-32

¿Cuántas veces has escuchado que alguien esta hecho un desastre, es
un caso perdido, que nunca van a aprender? ¿Qué esperamos de las
personas que hemos ignorado en nuestra vida y de aquellos que han
sido ignorados por la sociedad?
Hace unos años tuve el privilegio de trabajar con un grupo de
recicladores de bajos ingresos. A pesar de que eran parte de un
movimiento internacional creciente, las personas eran literalmente
los desechables de su sociedad. Constantemente se les enviaba lejos
como si fueran peor que la basura que recogían. Muchos tenían mucho
orgullo de su trabajo. Era una manera honesta de vivir que proveía un
servicio bueno para el ambiente y muy eficiente. Al organizarse, estas
personas que anteriormente no tenían techo encontraron significado
en su vida y hallaron un camino hacia un futuro sólido para sus hijos.
Durante el proceso de organización, se perdieron a algunas personas.
Éstas fueron las personas que escucharon como verdad lo que
escuchaban en la calle. Comentarios mordaces hechos por personas
llamadas respetables hablando de modo que era muy irrespetuoso,
sumieron a estos trabajadores valientes en la desesperación. Nuestras
palabras cuentan. Usamos nuestras palabras para enviar nuestras
oraciones al cielo, para dar gracias por nuestras bendiciones, y para
transformar nuestro mundo.
¿Qué mensajes usarás para compartir la gracia con todos los que te
escuchen hoy?
—Judith Morrison

lunes, 14 de abril de 2014

lunes 14 de abril

“En cambio, el fruto del Espíritu es amor, alegría, paz, 
paciencia, amabilidad, bondad, fidelidad, humildad y 
dominio propio. No hay ley que condene estas cosas”.
—Gálatas 5: 22-23

En su carta a los gálatas, el apóstol Pablo nos invita a que vivamos
centradas con fe en el amor a Cristo liberador, y como esclavas del
amor a nuestro prójimo, dejándonos guiar por los frutos que nos ofrece
el Espíritu Santo, fuente y dador de vida, guía e inspiración para
nuestra vida.
Siempre que nosotras por nuestra propia cuenta o junto con
nuestras comunidades nos sintamos inspiradas a expandir nuestras
oportunidades económicas, siempre que queramos tratar de abrirnos
paso para mejorar nuestra situación económica, contemos ciegamente
y primero que todo, con la presencia del amor divino que a través
de su Espíritu Santo hace que se revelen en nosotras los frutos o las
virtudes necesarias para emprender cualquier esfuerzo de superación
en nuestras vidas. La más importante de esas virtudes es el amor. El
movimiento de ese amor en nuestro ser es la fuente de inspiración, el
motor de arranque de toda empresa. Ese amor es el que al amar a Dios
con todas nuestras fuerzas, amarnos nosotras mismas y amar a los que
nos rodean, nos llena plenamente no solamente de alegría y de paz,
sino también nos hace mostrarnos amables, pacientes y bondadosas.
Sabiéndonos fieles y poniendo toda nuestra confianza en Dios,
creceremos en humildad y en seguridad en sí mismas. Al sentirnos
llenas del Espíritu y fortalecidas con los frutos prodigados, entraremos
en nuestro poder, afirmaremos y compartiremos nuestra sabiduría,
nuestras voces se oirán, nada ni nadie podrá atentar contra nuestros
sueños en busca de nuestro bienestar económico.
—Ema Rosero-Nordalm

domingo, 13 de abril de 2014

DOMINGO DE RAMOS

Ahora bien, sabemos que Dios dispone todas las cosas 
para el bien de quienes lo aman, los que han sido llamados 
de acuerdo con su propósito.
—Romanos 8:28

Es un versículo que puede consolar, pero solo si no lo vemos como una
simple formula—“di las palabras mágicas, frota la lámpara, y el genio
te concederá tres deseos”. No, este versículo no expresa respuestas
fáciles, consoladoras cuando tenemos tiempos difíciles. Al contrario,
expresa la perspectiva divina. No es tan seductora cuando alguien
dice: “reza y Dios compondrá todo”.
El hecho es que hay veces cuando bien podemos repetir las palabras
en el evangelio de san Marcos. Las de un padre que le implora a
Jesús: “Sí creo; ¡ayuda mi incredulidad!” La fe puede ser algo difícil en
momentos cuando nos sentimos abrumados y solos. Hace unos años,
escuché a un sacerdote que pasaba por tiempos muy difíciles con uno
de sus hijos, confesarle a un colega: “No se donde está mi fe en este
momento”. En lugar de regañar a ese sacerdote por admitir tal cosa,
el colega simplemente le puso la mano en el hombro y le contestó
suavemente: “Está bien. En este momento nosotros creeremos por ti”.
La esperanza y el amor vienen juntos para sostenernos cuando
sentimos que la fe está muy lejos de nosotros. La esperanza mira hacia
adelante, abre nuestra perspectiva. El amor nos capacita, nos da fuerza.
Sí, bien podemos admitir que en momentos oscuros, no podemos ver
ninguna razón, ningún sentido, pero podemos atrevernos a esperar
y saber en lo profundo de nuestra alma que de alguna manera, de
algún modo, “todas las cosas trabajan para nuestro bien”. Y hasta que
podamos llegar a ese bien, aquí o en el paraíso, podemos esperar que
nuestros compañeros peregrinos están con nosotros.
—C. K. (Chuck) Robertson